Martín negoció con su papá que si México le ganaba a Inglaterra más tarde irían a celebrar al Ángel de la Independencia y que hoy podría faltar a clases. Junto con tres familiares más, salieron al mediodía de la Colonia El Molinito, en Naucalpan, y llegaron al Zócalo antes de las 14:00 horas. La camiseta verde que llevaba quizás es para alguien más robusto y más alto, pero eso no quiere decir que al niño le quedó grande. Al contrario. Antes del partido de México, se alegró al enterarse de la victoria de Noruega ante Brasil y estuvo atento a la repetición de los dos tantos de Erling Haaland. Después bailó "La Chona", cantó "El Rey" y se tomó fotos con dos botargas de mazorcas. Sólo ocultó su playera de la Selección para protegerse de la tormenta con una capa azul, pero en cuanto la lluvia cedió un poco la volvió a presumir. El agua que le cayó encima fue tanta que sus tenis se inundaron y las yemas de sus manos se arrugaron, pero no se quejó. A un lado, un grupo de jóvenes alzó a una muchacha y la lanzó al aire, entonces se emocionó y empezó a aplaudirles para que lo hicieran de nuevo. "¿También quieres volar?", bromeó su papá. Cuando se enteró que el partido se había retrasado, aprovechó para ir al baño, para descansar un rato en un banco plegable que le prestó otro aficionado. "Se ve bien bonita, ¿verdad?", le dijo a su papá y luego señaló la bandera que ondeaba en el asta. Al escuchar el himno nacional, gritó un par de estrofas y se le salieron las lágrimas. Con cada falla de los mexicanos y con los goles de los ingleses apretó la mandíbula y cerró los ojos, como si fuera a recibir un golpe. La anotación de Quiñones le devolvió el ánimo y abrazó a su papá. Su primo se pintó en el cachete derecho la frase de esperanza "¿Y si sí?", pero con la lluvia y el sudor de sus manos la tinta se adelgazó hasta borrarse. México también se diluyó y se le fue el partido de las manos con el paso del tiempo. Igual que Martín y su primo, todos en el Zócalo se quedaron con ganas de las triangulaciones, la creatividad y la profundidad de los encuentros anteriores. Los últimos minutos echaron mano del "sí se puede", pero su ímpetu no fue proporcional con el desempeño de la escuadra de Javier Aguirre en la cancha. Sólo vieron a los delanteros atiborrados en el área grande junto con los centrales británicos y un bombardeo de centros deficientes que apenas preocuparon al arquero Jordan Pickford. Tras el silbatazo final, a pocos les interesó permanecer en la plancha para escuchar a La Sonora Santanera o enfilarse hacia el Ángel de la Independencia. Tampoco hubo lamentos ni rechiflas ni nada, sólo silencio y el llanto de algunos que ya habían saturado su cuerpo de cerveza desde el entretiempo. Martín y su familia también salieron enseguida con la multitud y apuraron el paso para regresar a casa. Al llegar a Eje Central, hicieron una pausa y volvieron a presumir sus playeras para tomarse fotos frente a la Torre Latino y al Palacio de Bellas Artes.