Numa. El cantante. Foto: Miguel Dimayuga

sábado, 23 de mayo de 2026 · 05:00

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CIUDAD DE MÉXICO .- En México, donde presentó el material de su proyecto Los Últimos Románticos, Numa aparece como una figura extraña dentro del panorama latinoamericano actual. No sólo porque mezcla bolero, cumbia, electrónica, hardcore y rock en una misma estructura musical, sino porque su propuesta no nace del cálculo de laboratorio ni de la tendencia retro que domina parte de la escena contemporánea. Lo suyo parece más cercano a una reconstrucción emocional, tomar canciones de su infancia, romperlas y volverlas a armar desde la experiencia propia.

Diego Numa llegó al bolero desde la necesidad de reconciliar el ruido del punk con la fragilidad emocional de las canciones que escuchaba su madre, Liliana, mientras hacía labores domésticas; desde la rebeldía juvenil y, también, desde una depresión que lo obligó a mirar hacia atrás para encontrar una salida.

Pero el camino no fue lineal. Siendo un adolescente, Numa encontró en el punk y el hardcore una forma de identidad. El bolero, admite, llegó a parecerle “ñoño” durante esa etapa de rebeldía. Entonces aparecieron bandas como Todos Tus Muertos, el skate y la sensación de pertenecer a una generación que necesitaba gritar contra algo, aunque todavía no supiera exactamente contra qué.

Esa tensión entre la agresividad y el romanticismo sigue siendo hoy uno de los motores de su música. Porque, aunque terminó regresando al bolero, nunca abandonó del todo la energía del hardcore, más bien decidió unir ambos universos, ahí está la principal diferencia de su propuesta. Mientras otros músicos buscan pureza de género, Numa trabaja desde la contaminación emocional y sonora. En una misma canción puede convivir la melancolía de José José con la intensidad física del punk y el golpe de la cumbia latinoamericana.

Menciona que el documental Buena Vista Social Club (1999), obra que presenta a los músicos que grabaron el álbum homónimo de 1997, impactó en la construcción de su identidad musical. Fue un momento revelador.

“Cuando vi la película me di cuenta de lo que es el amor al arte, esos músicos eran románticos en serio. Hay una imagen de Ibrahim Ferrer en Nueva York, afuera del Carnegie Hall, diciendo a los demás: ´Y acá estamos a los 70 años´. Me saco el sombrero y pienso, es por ahí”.

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